Sin crédito en su ejercicio
se llegó un médico a ver,
y él por ganar de comer
ya se ocupa en nuevo oficio.
Mas tan poco se desvía
de la afición del primero,
que hoy hace sepulturero
el que antes médico hacía.
***
Preguntó a su esposo Inés:
« ¿Qué cosa es la que tropieza
un marido con los pies,
llevándola en la cabeza?»
Puesto el pobre a discurrir,
respondió que no acertaba;
y ella echándose a reír,
con dos dedos le apuntaba.
***
Tocando ayer Luisa un pito,
« ¿qué avisas, di?», la pregunto.
Y dijo un su pajecito:
«Es que está un pájaro a punto
de caer en el garlito.»
Ella lo fue a desplumar,
que era un pichón delicado,
criado en buen palomar.
Y apenas lo hubo pelado,
volvió su pito a tocar.
Categoría: Poesía neoclásica
JOSÉ IGLESIAS DE LA CASA. Tres epigramas
| 21, ene
JOSÉ IGLESIAS DE LA CASA. Anacreóntica.
| 21, ene
Debajo de aquel árbol
de ramas bulliciosas,
donde las auras suenan,
donde el favonio sopla,
donde sabrosos trinos
el ruiseñor entona,
y entre guijuelas ríe
la fuente sonorosa;
la mesa, oh Nise, ponme
sobre las frescas rosas,
y de sabroso vino
llena, llena la copa.
Y bebamos alegres
brindando en sed beoda,
sin penas, sin cuidados,
sin sustos, sin congojas;
y deja que en la corte
los grandes en buen hora,
de adulación servidos,
con mil cuidados coman.
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JOSÉ IGLESIAS DE LA CASA. Anacreónticas
| 21, ene
Siendo yo tierno niño,
iba cogiendo flores
con otra tierna niña,
por un ameno bosque,
cuando sobre unos mirtos
vi al Teyo Anacreonte,
que a Venus le cantaba
dulcísimas canciones.
Voyme al viejo y le digo:
«Padre, deje que toque
ese rabel que tiene,
que me gustan sus sones.»
Paró su canto el viejo,
afable sonrióme,
cogióme entre sus brazos
y allí mil besos diome.
Al fin me dio su lira,
toquéla, y desde entonces
mi blanda musa sólo,
sólo me inspira amores.
¿Ves aquel señor graduado,
roja borla, blanco guante,
que nemine discrepante
fue en Salamanca aprobado?
Pues con su borla, su grado,
cátedra, renta y dinero,
es un grande majadero.
¿Ves servido un señorón
de pajes en real carroza,
que un rico título goza,
porque acertó a ser varón?
Pues con su casa, blasón,
título, coche y cochero,
es un grande majadero.
¿Ves al jefe blasonando
que tiene el cuero cosido
de heridas que ha recibido
allá en Flandes batallando?
Pues con su escuadrón, su mando,
su honor, heridas y acero,
es un grande majadero.
¿Ves aquel paternidad,
tan grave y tan reverendo,
que en prior le está eligiendo
toda su comunidad?
Pues con su gran dignidad,
tan serio, ancho y tan entero,
es un grande majadero.
¿Ves al juez con fiera cara
en su tribunal sentado,
condenando al desdichado
reo que en sus manos para?
Pues con sus ministros, vara,
audiencia y juicio severo,
es un grande majadero.
¿Ves al que esta satirilla
escribe con tal denuedo,
que no cede ni a Quevedo
ni a otro ninguno en Castilla?
Pues con su vena, letrilla,
pluma, papel y tintero,
es mucho más majadero.
MELÉNDEZ VALDÉS. A un convite
| 21, ene

Ved, amigos, cuál llega
ya delicioso el mayo,
en las plácidas alas
del Céfiro llevado.
Grata Flora en su obsequio
le engalana los campos,
mil flores por doquiera
desparciendo su mano.
Cojamos las más lindas;
y alegres emulando
las risas y banquetes
que libre canta Horacio,
de hiedra coronadme,
yo en torno haré otro tanto,
y ornad copas y mesa
de pimpollos y ramos.
La rosa esté en los pechos
del dulce Amor esclavos,
¿y quién de sus arpones
escapa en nuestros años?,
la rosa que a Citeres
su seno purpurado,
y del hijo a los besos
su aroma debió grato.
Llevemos todos rosas,
pues que todos amamos;
y quien cuidados llore
por hoy les dé de mano.
Que yo, al ver cuál incauta
Dorila a cada paso
me muestra que me adora,
perdido la idolatro.
Aun niña y simplecilla,
un día con mis labios
comuniqué a los suyos
el fuego en que me abraso.
De entonces al mirarme
de un vivo sonrosado
anímase, y su seno
se eleva palpitando.
Aquí, pues, a la sombra
del álamo copado,
donde mil pajaritos
cruzan de ramo en ramo
y acarícianse tiernos
y gozan y a otros lazos
para nuevas delicias
escápanse voltarios,
do entre guijas y trébol
con sus trémulos pasos
murmullante el arroyo
nos aduerme saltando,
la fiesta celebremos:
del néctar perfumado
que Jerez nos regala
brindemos y bebamos.
Misterioso el silencio
cubriéndonos, despacio
gocemos los manjares
que el lujo ha preparado.
Paladéese el gusto,
delicioso el olfato
regálese, y los ojos
se ceben en mirarlos.
Bebamos otra copa;
empiécela Menalio,
y a un tiempo clamad todos:
«¡Honor, honor a Baco!»
A cada nueva copla,
los vivas y el aplauso
subiendo a las estrellas,
responda un dulce trago;
y otro y otros en torno
tocándonos los vasos,
del viejo Valdepeñas
se sigan apiñados.
Así hasta media noche
los brindis renovando,
del sabroso banquete
prolonguemos el plazo,
de do medio beodos
a sumirnos corramos
del tranquilo Morfeo
en el muelle regazo.
Que las horas escapan
fugaces y callando,
y en pos nos precipita
del tiempo el rudo brazo.
Ved, si no, cuál las rosas
dan su vez al verano,
y al enero aterido
el otoño templado.
Nuestro cabello de oro
de nieve harán los años,
y nuestra alegre vida
de duelos y quebrantos.
Entonces ni los bailes,
ni el vino más preciado,
ni el rostro más travieso
podrán regocijarnos.
Del día que nos ríe
gocemos, pues en vano
será inquirir si un otro
nos lucirá más claro.
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Mulas, médicos, sastres y letrados,
corriendo por las calles a millones;
duques, lacayos, damas y soplones,
todos sin distinción arrebujados;
gran chusma de hidalguillos tolerados,
cuyo examen lo hicieron los doblones,
y un pegujal de diablos comadrones,
que les tientan la onda a los casados;
arrendadores mil por excelencia;
metidos a señores los piojosos;
todo vicio, con nombre de decencia;
es burdel de holgazanes y de ociosos,
donde hay libertad suma de conciencia
para idiotas, malsines y tramposos.
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Admiróse un portugués
de ver que en su tierna infancia
todos los niños en Francia
supiesen hablar francés.
"Arte diabólica es",
dijo torciendo el mostacho,
"que para hablar en gabacho,
un fidalgo en Portugal
llega a viejo y lo habla mal,
y aquí lo parla un muchacho."
Pierde tras el laurel su noble aliento
el héroe joven en la atroz milicia;
supúltase en el mar por su avaricia
el necio, que engañaron mar y viento.
Hace prisión su lúgrube aposento
el sabio por saber; y por codicia
el que al duro metal de la malicia
fio su corazón y su contento.
Por su cosecha sufre el sol ardiente
el labrador, y pasa noche y día
el cazador de su familia ausente.
Yo también llevaré con alegría
cuantos sustos el orbe me presente,
sólo por agradarte, Filis mía.
