Creí que buscaba
las moras negras,
y encontré la rosa de zarza.
Creí que cogía
la rosa blanca,
y se hincó la espina en mis venas.
Creí que saldría
clavel caliente,
y brotó un arroyo de leche.
Creí que el arroyo
se hundía en tierra,
y fluyó al Océano verde.
Creí que era aquello
el verde Océano,
y era el río eterno de estrellas.
Creí que hallaría,
cruzando el cielo,
al Señor del todo y la nada.
Y sólo encontré
puñado de moras
que de amor en mi mano sangraban.
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1 comentario
Jose Jorge Cordova Chuquihuanga 29 nov 2010 | 05:59 PM
Hermoso poema, Agustin, con una sutil melancolia que sabe a música delicada.
Un gusto leerte.
Un abrazo.
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