«¡Los Comendadores,—por mi mal os vi!
Yo vi a vosotros,—vosotros a mí.»
Al comienzo malo—de mis amores
convidó Fernando—los Comendadores
a buenas gallinas—capones mejores.
Púsome a la mesa—con los señores:
Jorge nunca tira—los ojos de mí.
«¡Los Comendadores,—por mi mal os vi!»
Turbó con la vista—mi conoscimiento:
de ver en mi cara—tal movimiento,
tomó de hablarme—atrevimiento.
Desque oí cuitada—su pedimiento,
de amores vencida—le dije que sí.
Los Comendadores—de Calatrava
partieron de Sevilla—a hora menguada,
para la cibdad—Córdoba la llana,
con ricos trotones—y espuelas doradas.
Lindos pajes llevan—delante de sí.
Por la puerta del Rincón—hicieron su entrada,
y por Sancta Marina—la su pasada.
Vieron sus amores—a una ventana:
a Doña Beatriz—con su criada.
Tan amarga vista—fuera para sí.
Luego que pasaron—d' esta manera,
ante que llegasen—a la Corredera,
le vino de presto—la mensajera:
dice que Fernando—estaba en la Sierra;
qu' en los quince días—no verná de allí.
Desque ellos oyeron—aquella nueva,
la respuesta dieron—desta manera:
—Idos, madre mía,—en hora buena;
que la noche es larga—y placentera:
cenaremos temprano,—iremos dormir.
Cenan los señores—y se dan prisa,
llegan donde amores—los atendían.
Acuéstase Jorge—con la su dama,
también el su hermano—con la criada,
y los cuatro gozan—de gustos sin fin.
Entre mil regalos—Jorge se durmió,
pero sueño malo—dicen que soñó;
consigo puñaba—y se despertó
temiendo la muerte,—que cierta halló.
Cubrióse su rostro—de frío sudor,
guarecerse quiso—de Doña Beatriz.
Aun la media noche—no era llegada,
ya subía Hernando—por una escala,
y entra muy feroz—por la ventana,
un arnés vestido—y espada sacada.
—Caballeros malos,—¿qué haceis aquí?
Y luego en entrando—sólo a una cuadra,
vido con sus ojos—su afrenta clara.
Pasó el pecho a Jorge—de una estocada,
y a Beatriz la mano dejóla cortada,
y luego furioso—se salió de allí.
Habló el hermano:—«Aquí me tenéis;
mi señor Hernando,—vos no me matéis:
a mi hermano Jorge—ya muerto le habéis.
La suya os perdono—si dejáis a mí.
Dijo la cuitada—con gran recelo:
—Vos, amores míos,—tenedme duelo,
pues ya veis mi mano—por ese suelo.—
La triste tendida—sobre su velo,
bien junta con Jorge—degollóla allí,
Después de haber muerto—cuantos allí son,
anda por la casa—muy bravo león.
Vido un esclavo—detrás un rincón:
—Tú, perro, supiste—también la traición,
por lo cual, malvado,—morirás aquí.
Jueves era, jueves,—día de mercado,
y en Sancta Marina—hacían rebato,
que Fernando dicen,—el que es veinticuatro,
había muerto a Jorge—y a su hermano,
y a la sin ventura—Doña Beatriz.
«Los Comendadores—por mi mal os ví.»