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Terra
La Coctelera

Categoría: Poesía medieval

Romance del conde Olinos. Anónimo

juanberpor | 16, dic

Madrugaba el Conde Olinos,
mañanita de San Juan,
a dar agua a su caballo
a las orillas del mar.
Mientras el caballo bebe
canta un hermoso cantar:
las aves que iban volando
se paraban a escuchar;
caminante que camina
detiene su caminar;
navegante que navega
la nave vuelve hacia allá.

Desde la torre más alta
la reina le oyó cantar:
-Mira, hija, cómo canta
la sirenita del mar.
-No es la sirenita, madre,
que esa no tiene cantar;
es la voz del conde Olinos,
que por mí penando está.
-Si por tus amores pena
yo le mandaré matar,
que para casar contigo
le falta sangre real.

-¡No le mande matar, madre;
no le mande usted matar,
que si mata la conde Olinos
juntos nos han de enterrar!
-¡Que lo maten a lanzadas
y su cuerpo echen al mar!
Él murió a la media noche;
ella, a los gallos cantar.
A ella, como hija de reyes,
la entierran en el altar,
y a él, como hijo de condes,

Cuatro pasos más atrás.                                                                   (Pincha en la imagen)                
De ella nace un rosal blanco;                                                        
de él, un espinar albar.
Crece el uno, crece el otro,
los dos se van a juntar.
La reina, llena de envidia,
ambos los mandó cortar;
el galán que los cortaba
no cesaba de llorar.
De ella naciera una garza;
de él, un fuerte gavilán.
Juntos vuelan por el cielo,
juntos se van a posar.

D. DIEGO HURTADO DE MENDOZA. Cosante

juanberpor | 29, ene

A aquel árbol que mueve la hoja
Algo se le antoja.

Aquel árbol del bel mirar
Hace de maniera flores quiere dar:
Algo se le antoja.

Aquel árbol del bel veyer
Hace de maniera quiere florecer:
Algo se le antoja.

Hace de maniera quiere florecer:
Ya se demuestra; salidlas a ver:
Algo se le antoja.

Ya se demuestra; salidlas a mirar.
Vengan las damas las frutas cortar:
Algo se le antoja.

Ya se demuestra: venidlas a ver;
Vengan las damas las frutas coger:
Algo se le antoja.

 

EL MARQUÉS DE SANTILLANA. Canción.

juanberpor | 29, ene

Recuérdate de mi vida,
pues que viste
mi partir e despedida
ser tan triste.

1
Recuérdate que padesco
e padesçí
las penas que non meresco,
desque ví

la respuesta non devida
que me diste;
por lo qual mi despedida
fué tan triste.

2
Pero no cuydes, señora,
que por esto
te fuy ni te sea agora
menos presto;

que de llaga non fingida
me feriste;
así que mi despedida
fué tan triste.

EL MARQUÉS DE SANTILLANA. A unas tres hijas suyas

juanberpor | 21, ene

 

Por una gentil floresta
de lindas flores e rosas,
vide tres damas fermosas
que de amores han requesta.

Yo, con voluntad muy presta
me llegué a conoscellas.
Començó la una dellas
esta canción tan honesta:

Aguardan a mí:
nunca tales guardas vi.

Por mirar su fermosura
destas tres gentiles damas,
yo cobríme con las ramas,
metíme so la verdura.

La otra con gran tristura
començó de sospirar
[e] dezir este cantar
con muy honesta mesura:

La niña que los amores ha
sola, ¿cómo dormirá?

Por no les fazer turbança
non quise yr más adelante
a las que con ordenança
cantaban tan consonante.

La otra con buen semblante
dixo: "Señoras de estado,
pues las dos aveys cantado,
a mí conviene que cante:

Dexadlo al villano pene:
véngueme Dios dele."

Desque huvieron cantado
estas señoras que digo,
yo salí desconsolado,
como hombre sin abrigo.

Ellas dixeron: "Amigo,
non soys vos el que buscamos,
mas cantad, pues que cantamos."
Dixe este cantar antiguo:

Sospirando yva la niña
e non por mí,
que yo bien ge lo entendí.

JUAN DEL ENCINA. No te tardes, carcelero.

juanberpor | 2, dic

¡No te tardes que me muero

Carcelero,

no te tardes que me muero!

 

Apresura tu venida

porque no pierda la vida

que la fe no está perdida.

Carcelero,

¡no te tardes que me muero!

 

Sácame de esta cadena,

que recibo muy gran pena

pues tu tardar me condena.

Carcelero,

¡no te tardes que me muero!

 

La primera vez que me viste,

sin lo sentir me venciste;

suéltame pues me prendiste.

Carcelero,

¡no te tardes que me muero!

 

La llave para soltarme

he de ser galardonarme,

prometiendo no olvidarme.

Carcelero,

¡no te tardes que me muero!

 

 

ÁLAVAREZ GATO. Cantar

juanberpor | 18, oct

Quita allá que no quiero,

mundo enemigo,

quita allá que no quiero

pendencias contigo.

Ya sé lo que quieres,

ya sé tus dulzores;

prometes placeres,

das cien mil dolores:

de los favoritos,

de tus amadores,

el mejor librado

es el más perdido.

No quiero tus ligas

más en mi posada,

y aunque me persigas

no se me da nada;

qu' estonces se gana

la gloria doblada,

cuanto más te huyo

y menos te sigo.

Quita allá que no quiero,

falso enemigo,

quita allá, que no quiero

pendencias contigo.

ANÓNIMO. Los comendadores.

juanberpor | 14, sep

«¡Los Comendadores,—por mi mal os vi!
Yo vi a vosotros,—vosotros a mí.»
Al comienzo malo—de mis amores
convidó Fernando—los Comendadores
a buenas gallinas—capones mejores.
Púsome a la mesa—con los señores:
Jorge nunca tira—los ojos de mí.
«¡Los Comendadores,—por mi mal os vi!»
Turbó con la vista—mi conoscimiento:
de ver en mi cara—tal movimiento,
tomó de hablarme—atrevimiento.
Desque oí cuitada—su pedimiento,
de amores vencida—le dije que sí.
Los Comendadores—de Calatrava
partieron de Sevilla—a hora menguada,
para la cibdad—Córdoba la llana,
con ricos trotones—y espuelas doradas.
Lindos pajes llevan—delante de sí.
Por la puerta del Rincón—hicieron su entrada,
y por Sancta Marina—la su pasada.
Vieron sus amores—a una ventana:
a Doña Beatriz—con su criada.
Tan amarga vista—fuera para sí.
Luego que pasaron—d' esta manera,
ante que llegasen—a la Corredera,
le vino de presto—la mensajera:
dice que Fernando—estaba en la Sierra;
qu' en los quince días—no verná de allí.
Desque ellos oyeron—aquella nueva,
la respuesta dieron—desta manera:
—Idos, madre mía,—en hora buena;
que la noche es larga—y placentera:
cenaremos temprano,—iremos dormir.
Cenan los señores—y se dan prisa,
llegan donde amores—los atendían.
Acuéstase Jorge—con la su dama,
también el su hermano—con la criada,
y los cuatro gozan—de gustos sin fin.
Entre mil regalos—Jorge se durmió,
pero sueño malo—dicen que soñó;
consigo puñaba—y se despertó
temiendo la muerte,—que cierta halló.
Cubrióse su rostro—de frío sudor,
guarecerse quiso—de Doña Beatriz.
Aun la media noche—no era llegada,
ya subía Hernando—por una escala,
y entra muy feroz—por la ventana,
un arnés vestido—y espada sacada.
—Caballeros malos,—¿qué haceis aquí?
Y luego en entrando—sólo a una cuadra,
vido con sus ojos—su afrenta clara.
Pasó el pecho a Jorge—de una estocada,
y a Beatriz la mano dejóla cortada,
y luego furioso—se salió de allí.
Habló el hermano:—«Aquí me tenéis;
mi señor Hernando,—vos no me matéis:
a mi hermano Jorge—ya muerto le habéis.
La suya os perdono—si dejáis a mí.
Dijo la cuitada—con gran recelo:
—Vos, amores míos,—tenedme duelo,
pues ya veis mi mano—por ese suelo.—
La triste tendida—sobre su velo,
bien junta con Jorge—degollóla allí,
Después de haber muerto—cuantos allí son,
anda por la casa—muy bravo león.
Vido un esclavo—detrás un rincón:
—Tú, perro, supiste—también la traición,
por lo cual, malvado,—morirás aquí.
Jueves era, jueves,—día de mercado,
y en Sancta Marina—hacían rebato,
que Fernando dicen,—el que es veinticuatro,
había muerto a Jorge—y a su hermano,
y a la sin ventura—Doña Beatriz.
«Los Comendadores—por mi mal os ví.»

ANÓNIMO. Romance de la bella malmaridada.

juanberpor | 14, sep

-La bella mal maridada,
de las lindas que yo vi,
véote tan triste enojada;
la verdad dila tú a mí.
Si has de tomar amores
por otro, no dejes a mí,
que a tu marido, señora,
con otras dueñas lo vi,
besando y retozando:
mucho mal dice de ti;
juraba y perjuraba
que te había de ferir.
Allí habló la señora,
allí habló, y dijo así:
-Sácame tú, el caballero,
tú sacásesme de aquí;
por las tierras donde fueres
bien te sabría yo servir:
yo te haría bien la cama
en que hayamos de dormir,
yo te guisaré la cena
como a caballero gentil,
de gallinas y capones
y otras cosas más de mil;
que a éste mi marido
ya no le puedo sufrir,
que me da muy mala vida
cual vos bien podéis oir.
Ellos en aquesto estando
su marido hélo aquí:
-¿Qué hacéis mala traidora?
¡Hoy habedes de morir!
-¿Y por qué, señor, por qué?
Que nunca os lo merecí.
Nunca besé a hombre,
mas hombre besó a mí;
las penas que él merecía,
señor, daldas vos amí;
con riendas de tu caballo,
señor, azotes a mí;
con cordones de oro y sirgo
viva ahorques a mí.
En la huerta de los naranjos
viva entierres a mí,
en sepoltura de oro
y labrada de marfil;
y pongas encima un mote,
señor, que diga así:
«Aquí está la flor de las flores,
por amores murió aquí;
cualquier que muere de amores
mándese enterrar aquí.
que así hice yo, mezquina,
que por amar me perdí.-»