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Terra
La Coctelera

SAMANIEGO. Las moscas

juanberpor | 16, may

A un panal de rica miel 
 Dos mil Moscas acudieron, 
 Que por golosas murieron, 
 Presas de patas en él.
 Otra dentro de un pastel 
 Enterró su golosina. 
 Así si bien se examina 
 Los humanos corazones 
 Perecen en las prisiones 
 Del vicio que los domina.

CRISTÓBAL DE CASTILLEJO. A otro por otro tanto

juanberpor | 21, mar

Vuestras copias recibí,
Y es cierto que, si no fuera
Porque no digáis de mí
Que de envidia no las vi,
De asco no las leyera.

Y porque daros razón
De los yerros que llevaban
Era daros más pasión,
No os digo sino que son
Cuales de vos se esperaban.

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El que las coplas hicistes,
Todos los que las miramos
Sabed qu'en deuda os quedamos
De la risa que nos distes;
Pero vos de vos y dellas
Quexaros también podréis,
Porqu'el tiempo nos debéis
Que gastamos en leellas.

 

CRISTÓBAL DE CASTILLEJO. Garcilaso y Boscán

juanberpor | 21, mar

Garcilaso y Boscán, siendo llegados
al lugar donde están los trovadores
que en esta nuestra lengua y sus primores
fueron en este siglo señalados,

los unos a los otros alterados
se miran, con mudanza de colores,
temiéndose que fuesen corredores
espías o enemigos desmandados;

y juzgando primero por el traje,
pareciéronles ser, como debía,
gentiles españoles caballeros;

y oyéndoles hablar nuevo lenguaje
mezclado de extranjera poesía,
con los ojos los miraban de extranjeros.

CESAR VALLEJO. Poema masa.

juanberpor | 21, mar

Al fin de la batalla,
y muerto el combatiente, vino hacia él un hombre
y le dijo: « ¡No mueras, te amo tanto!»
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.
Se le acercaron dos y repitiéronle:
« ¡No nos dejes! ¡Valor! ¡Vuelve a la vida!»
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.
Acudieron a él veinte, cien, mil, quinientos mil,
clamando « ¡Tanto amor y no poder nada contra la muerte!»
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.
Le rodearon millones de individuos,
con un ruego común: « ¡Quédate hermano!»
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.
Entonces todos los hombres de la tierra
le rodearon; les vio el cadáver triste, emocionado;
incorporóse lentamente,
abrazó al primer hombre; echóse a andar…

LUIS CERNUDA. Soliloquio del farero.

juanberpor | 21, mar

Cómo llenarte, soledad
Sino contigo misma.

De niño, entre las pobres guaridas de la tierra,
Quieto en ángulo oscuro,
Buscaba en ti, encendida guirnalda,
Mis auroras futuras y furtivos nocturnos,
Y en ti los vislumbraba,
Naturales y exactos, también libres y fieles,
A semejanza mía,
A semejanza tuya, eterna soledad.

Me perdí luego por la tierra injusta
Como quien busca amigos o ignorados amantes;
Diverso con el mundo,
Fui luz serena y anhelo desbocado,
Y en la lluvia sombría o en el sol evidente
Quería una verdad que a ti te traicionase,
Olvidando en mi afán
Cómo las alas fugitivas su propia nube crean.

Y al velarse a mis ojos
Con nubes sobre nubes de otoño desbordado
La luz de aquellos días en ti misma entrevistos,
Te negué por bien poco;
Por menudos amores ni ciertos ni fingidos,
Por quietas amistades de sillón y de gesto,
Por un nombre de reducida cola en un mundo
fantasma,
Por los viejos placeres prohibidos,
Como los permitidos nauseabundos,
Útiles solamente para el elegante salón susurrando,
En bocas de mentira y palabras de hielo.
Por ti me encuentro ahora el eco de la antigua
persona
Que yo fui,
Que yo mismo manché con aquellas juveniles traiciones;
Por ti me encuentro ahora, constelados hallazgos,
Limpios de otro deseo,
El sol, mi dios, la noche rumorosa,
La lluvia, intimidad de siempre,
El bosque y su alentar pagano,
El mar, el mar como su nombre hermoso; Y sobre todos ellos,
Cuerpo oscuro y esbelto,
Te encuentro a ti, tú, soledad tan mía,
Y tú me das fuerza y debilidad
Como al ave cansada los brazos de la piedra.

Acodado al balcón miro insaciable el oleaje,
Oigo sus oscuras imprecaciones,
Contemplo sus blancas caricias;
Y erguido desde cuna vigilante
Soy en la noche un diamante que gira advirtiendo a
los hombres,
Por quienes vivo, aun cuando no los vea;
Y así, lejos de ellos
Ya olvidados sus nombres, los amo en muchedumbres,
Roncas y violentas como el mar, mi morada,
Puras ante la espera de una revolución ardiente
O rendidas y dóciles, como el mar sabe serlo
Cuando toca la hora de reposo que su fuerza
conquista.

Tú, verdad solitaria,
Transparente pasión, mi soledad de siempre,
Eres inmenso abrazo;
El sol, el mar,
La oscuridad, la estepa,
El hombre y su deseo,
La airada muchedumbre,
¿Qué son sino tú misma?

Por ti, mi soledad, los busqué un día;
En ti, mi soledad, los amo ahora.

DIONISIO RIDRUEJO. España toda aquí.

juanberpor | 21, mar

España toda aquí, lejana y mía,

habitando, soñada y verdadera,

la duda y fe del alma pasajera,

alba toda y también toda agonía.

 

Hermosa, sí, bajo la luz sin día

que me la entrega al mar sola y entera:

campo de la serena primavera

que recata su flor dulce y tardía.

 

España grave, quieta en la esperanza,

hecha del tiempo y de mi tiempo, España,

tierra fiel de mi vida y de mi muerte.

 

Esta sangre eres tú y esta pujanza

de amor que se impacienta y acompaña

la fe y la duda de volver a verte.

 

FRANCISCO DE LA TORRE. Tú, Marica

juanberpor | 21, mar

Tú, Marica, hombre has de ser,
según tu dominio informa,
que quien tiene tal poder
de ningún género ó forma
es género de mujer.

A tu gobierno extendido
nada el marido replica:
el sexo va confundido;
tú eres, Marica, el marido,
y tu marido el marica.

ROSALÍA DE CASTRO. En los ecos

juanberpor | 20, mar

En los ecos del órgano o en el rumor del viento,
en el fulgor de un astro o en la gota de lluvia,
te adivinaba en todo y en todo te buscaba,
sin encontrarte nunca.
Quizá después ha hallado, te ha hallado y te ha perdido
otra vez, de la vida en la batalla ruda,
ya que sigue buscándote y te adivina en todo,
sin encontrarte nunca.

Pero sabe que existes y no eres vano sueño,
hermosura sin nombre, pero perfecta y única;
por eso vive triste, porque te busca siempre
sin encontrarte nunca.